El medio Atardecentes publicó una nota relacionada con Bogotá como destino turístico.
Mientras los críticos de gastronomía debaten en cuál ciudad del mundo se come mejor, Bogotá ya tomó una decisión por su cuenta: se coronó número uno de América Latina, recibe casi medio millón de turistas internacionales en lo que va del año, y todavía le cobra a ese turista europeo lo mismo que pagaría en Madrid por un café de máquina y un croissant de plástico.
Eso, en términos gastronómicos, se llama una paradoja con sazón.
El dato no es retórico. En diciembre de 2025, el restaurante El Chato, del chef Álvaro Clavijo, se llevó el título de mejor restaurante de toda América Latina en la lista de los Latin America’s 50 Best Restaurants. No fue una sorpresa blanda: venía del tercer puesto en 2024 y ascendió con una propuesta que lleva técnica francesa a ingredientes que viven en la Sabana de Bogotá como si siempre hubieran querido encontrarse. Un cordero asado que cruza Boyacá con la Provenza. Un tartar de res con vinagreta de rosas y mayonesa de kale. Ese tipo de platos que suenan extraños en papel y en el paladar saben a algo que no se puede explicar pero tampoco se olvida.
Y El Chato no estaba solo en esa lista. Leo, de Leonor Espinosa, quedó en el puesto 23 con un menú que cartografía los ecosistemas del país —Amazonía, Pacífico, Caribe— como si Colombia fuera un ingrediente. Afluente, Humo Negro, Oda, Debora, Selma: siete restaurantes bogotanos en los mejores cien de un continente que incluye Buenos Aires, Lima y São Paulo. Eso no es suerte ni tendencia: es una cocina con criterio propio que decidió no disculparse más por ser de aquí.
Conviene detenerse en ese punto, porque el mundo gastronómico tarda en reconocer lo que no viene de donde siempre ha venido. Durante décadas, las grandes capitales culinarias del planeta fueron París, Tokio, Nueva York, Copenhague. Ciudades con historia de estrellas Michelin, con críticos que llegaban en Business Class y hoteles de cinco pisos de mármol. Bogotá no tenía nada de eso —o no lo tenía en el sentido tradicional— y aun así construyó una escena que hoy compite de frente con cualquiera de ellas. No porque los imite. Sino porque encontró su propio idioma.
Ese idioma tiene nombre y apellido: biodiversidad. Colombia es uno de los países más biodiversos del planeta, y sus chefs llevan años aprendiendo a leer ese territorio como otros leen recetarios. Leonor Espinosa lleva décadas en ese trabajo silencioso de rescate y traducción culinaria. Juan Manuel Barrientos exportó la cocina sensorial colombiana a Miami, Washington y Nueva York —con estrellas Michelin incluidas— demostrando que lo que se hace en Bogotá no es curiosidad regional sino propuesta de talla mundial.
Esta publicación hace parte del seguimiento de free press del Instituto Distrital de Turismo, orientado a visibilizar la presencia de Bogotá en medios de comunicación y fortalecer su posicionamiento como destino turístico.
Medio: Atardecentes
Fecha de publicación: 2026-06-09
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Texto tomado como referencia desde la publicación original.
